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28 de mayo de 2026

Tratando de Vender Mierda

juan pablo sierra useche

Me gusta el café, y la verdad es que hay dos tipos de cafés que disfruto. Diametralmente opuestos el uno del otro.

El primero es el café de máquina, ese que tiene un recipiente de vidrio en la parte de arriba y que va moliendo el café cada vez que la persona de la caja pone un vaso debajo y oprime el botón, ya sea de capuchino, de americano, o no sé si existan aquellos que pidan un espresso doble en una de esas máquinas; pero el botón está, yo lo he visto. El café seguramente no es el de mejor calidad, capaz es simplemente una selección escogida para optimizar costos y tener un producto resultante que sepa a algo que el consumidor normal entienda como café. No suele ser costoso ni tener un vaso especial, dependiendo de la máquina —en mi opinión casi todas— suele salir muy caliente y realmente no requiere ningún tipo de conocimiento o exige demasiada atención… después de poner el vaso y espichar el botón, solo queda seguir vendiendo pan o más café y esperar a que suene el BIP de la máquina, para dejar el café en la barra, gritar que ya está listo, poner el siguiente vaso, y espichar el botón de la siguiente orden.

No aparenta nada, es café barato. Cuando me lo tomo, recibo lo que espero. Nada más y nada menos.

Por el otro lado está el café hecho por alguien que sabe. Aquí en San Petersburgo me encontré un lugar (108) donde uno puede darse cuenta del amor que hay detrás de cada café. Cada bebida se prueba, se ajusta, y con cada iteración de la misma bebida, se refina la técnica, se entiende lo que se hizo bien, y se mejora lo que se hizo mal. Es el tipo de café que después de cada sorbo, deja un sabor interesante en el paladar, un sabor que lo deja a uno pensando, que le permite a uno sentir algo distinto. Este puede llegar a ser 3 o 4 veces más caro que el de máquina, pero este es un café que no es solo para el gusto, pa quitar la sed, es un café para el cora, para la salud del espíritu, para permitirse vivir una experiencia más allá del tránsito de líquidos por vía oral. Y pues además, este tipo de bebida requiere más detalle por parte del consumidor, pues el amor es una sutileza, y si no le da el espacio para apreciar el momento, este pasa desapercibido.

No aparenta nada, es amor en una copa. Cuando me lo tomo, recibo lo que espero. Nada más y nada menos.

Finalmente está el café que no me gusta, el de mostrar. Donde se invierte más en decorar el lugar, en generar un tipo de narrativa, que en el producto en sí… Aquí no importa si el café es bueno o malo, son todas las narrativas y metanarrativas que hay detrás. Qué tipo de gente visita el café, qué calidad de fotos podrán tomarse (sin tomarse la bebida necesariamente). Y para no darle tanta importancia a este, mi problema es el siguiente:

Solo aparenta, no se sabe si es bueno o malo. Cuando me lo tomo, no entiendo qué debería esperar. Se vuelve más importante cómo debo reaccionar. Pues es una marca, y la gente no se lo toma muy bien cuando se ofende una marca que ha llegado a identificarlos. No es café, es una identidad… y pues yo no necesito más identidad, o por lo menos no comprarla.

Eso de pagar por identidad me parece de mal gusto. Y el buen gusto no se compra, o bueno, no se puede comprar. Es algo que se sabe, que se desarrolla después de mucho vivir, de mucho probar, y de mucho experimentar. El buen café es como una buena silla, puede ser insignificante para casi todos, pero casi nadie se ha sentado en una silla en la que realmente den ganas de estar ahí por mucho tiempo, como son pocos aquellos que realmente se han tomado un café y no han hecho nada más que darle el espacio y el momento para entender y vivir la experiencia completa.